Hace un par de meses el test dio positivo: otro bebé viene en camino. No suenan tan fuerte las alarmas y los miedos del primer embarazo; hay cosas para las que la familia “está canchera”. Pero lo cierto es que surgirán preguntas nuevas. ¿Cómo y cuándo contárselo al mayor? ¿Cómo reaccionará? ¿Cómo manjar esas reacciones? ¿Cómo enfrentar sus más que probables celos? ¿Son normales? ¿Cómo nos comportamos ante ellos?
“Solemos asociar celos con conductas negativas, y entonces reaccionamos con prohibición, represión, castigo”, señala la psicóloga tucumana Analía Lacquaniti, especialista en clínica con niños, pero -advierte- en los niños los celos cumplen una función. “Y si actuamos castigando nos perdemos información muy útil sobre su bienestar (o su malestar), que, por el momento evolutivo que viven, no pueden expresar de otro modo”.
“Por un lado -explica-, la lógica infantil es muy diferente de la adulta; y las emociones infantiles requieren ser comprendidas como diferentes. Además de espontáneas (surgen ‘sin motivo aparente’), son muy intensas: como hay poco desarrollo de lenguaje, hay una gran carga de comunicación no verbal. Entonces son difíciles de decodificar”. Y es esta intensidad -añade- la que los adultos suelen decodificar como malo, negativo, agresivo... “Pero el niño sólo tiene el cuerpo para expresar sus emociones; por eso es muy posible que pegue, empuje y le quite juguetes a quien percibe como la causa de ‘abandono’, de no ser elegido”, agrega.
“Cuando expresan celos de un hermano pequeño sienten que están perdiendo el amor de sus padres (todo ‘suyo’, porque hasta ahora era enterito de él), que se lo están quitando”, explica Cecilia Pérez, licenciada en Psicología y máster en Psicología Infantil en una nota de syciencia.com; pero advierte que ocurre a veces a la inversa cuando los hermanos crecen: “el pequeño puede sentir celos del primogénito por tener una relación de mayor confianza con los padres”, acota.
“El concepto de pérdida es clave -agrega la tucumana Carmina Varela, psicóloga gestáltica-. Se acaban la ilusión de ser único y especial, y los privilegios que vienen con ello. Los niños se sienten amenazados, los rodea la incertidumbre... Y, cada uno según la edad, debe hacer su duelo”.
“Entre los dos y los cinco años atraviesan una etapa egocéntrica propia de su desarrollo evolutivo que, poco a poco, irán superando. Pero hasta entonces reclaman todo para sí: ‘yo primero; yo gano; yo siempre...’”, agrega Lacquaniti y resalta: “lo que simbólicamente subyace es el riesgo de ser reemplazado”.
Modos de expresión
“Los que más sufren son los que pasan de ser únicos a ser los mayores, pero aún son pequeños y no comprenden por qué todo es distinto”, explica Pérez. Y esa situación -agrega- se puede exteriorizar de dos formas: de manera silenciosa (“el niño no da guerra”) y de manera explosiva. “Los ‘ruidosos’ son más llamativos, enseguida los detectamos: agresividad; cambios de humor ‘sin justificación’, dificultad para obedecer; terquedad...”, enumera. Dentro de esta serie algunos hacen “menos de ruido”, pero también llaman la atención: chuparse el dedo, volver al lenguaje infantil, o a mojar la cama...
“Los ‘mudos’ tienen la misma función, pero se manifiestan como hiperactuación de buen comportamiento -agrega Lacquaniti-. El mayor se pone en rol de protector (llega a angustiarse si su hermanito llora, está pendiente de él) y puede llegar a ser una formación reactiva”. “Y es muy probable que esté guardando todo un mar de emociones desagradables y resentimiento”, agrega Pérez.
Coincide con ellas Varela, pero advierte: “en mi opinión, lo más preocupante es que no haya reacción alguna”. “Ante una situación que percibimos ‘de riesgo’, biológicamente tenemos tres alternativas: lucha, huida y parálisis -señala-. Los celos son de alguna manera una buena señal: muestran un sujeto que ante la adversidad tiene recursos para enfrentar la situación”.
Otros rasgos
“Además de intensas, las emociones infantiles son frecuentes y se repiten”, señala Lacquaniti y explica: “el estado anímico de los niños pequeños no es estable ni maduro para entender y asimilar la idea de lo que se le explica, y trabajar con ello internamente, como podría hacerlo un adolescente o un adulto”.
“Es importante por eso que medien palabras de adultos que expliquen lo que pasa, cada vez que aparece un conflicto”, señala Varela. Y Lacquaniti explica que la clave para desarmarlo no es elegir quién tiene razón. “Los celos tienen la función de poner a prueba a los padres (o a los adultos a los que el mensaje esté dirigido). Intentan ganarse el favor del ‘juez’ -señala-. Entonces, la pelea no se resuelve dándole la razón a alguno, sino actuando sobre el conflicto mismo, ya sea un juguete, la TV...”.
La familia
Más allá de la situación del hermano mayor, un nuevo bebé lo modifica todo. “Las familias, del tipo que sean, son un sistema que tiene un equilibrio. Pero en todo sistema, la modificación de un elemento lo modifica todo”, explica Varela. Y en el sistema que estamos analizando, agrega, la mujer puérpera es el eslabón más frágil. “Aunque sea el niño el que hace síntomas, estos suelen ser episodios agudos y en la gran mayoría de los casos se resuelven cuando el niño encuentra sus recursos internos para resolver la situación. Hay cómo ayudarlo para que eso sea más sencillo y menos doloroso (Ver “Acciones posibles...”).
Pero -advierte- también es clave la salud mental de la madre: al gran revuelo hormonal, al cansancio y al cuidado del bebé, se sumará la fuerte demanda de afecto del hijo mayor”. ¿Qué hacer?
“Lo ideal, anticiparse. Al no ser una familia primeriza, hay aprendizajes de los que ya se dispone”, resalta Varela, y enumera: “lo importante que es pedir ayuda, delegar y generar redes de apoyo (para manejar la casa, las llevadas al jardín de infantes, las comidas...); manejarse con expectativas realistas; que otra persona del sistema brinde al hermano mayor ‘espacios de compensación’...”. “Es importante capitalizar la experiencia para la situación nueva, y reformularla si es necesario. De a poco el sistema familiar irá construyendo un nuevo equilibrio saludable”, asegura... y tranquiliza, ¿verdad?
SI SE COMPLICA
Atención a los síntomas
“Si la situación supera lo esperable, y el niño hace síntomas en el jardín de infantes, o somatiza, lo mejor es buscar ayuda profesional”, destaca Varela. “Eso le dará un espacio propio donde canalizar sus miedos, su enojo, y al mismo tiempo permitirá a los padres ‘separar las cargas’, y obtener nuevos recursos para manejar la situación”, agrega
Acciones posibles para contenerlo
- Prepárenlo para la llegada del hermano: cuéntenle qué cambios verá en el cuerpo de la mamá y respondan sus preguntas con cariño, pero no hay que crearle falsas ilusiones. Frases como “cuando nazca tu hermanito podrás jugar con él” generan crean expectativas que se cumplirán mucho tiempo después.
- Empodérenlo: si ayuda a “cuidar” al bebé (a cambiarlo, o estando atento a si llora), o participa con los adultos en algunas tareas se sentirá valioso y creerá en sus fortalezas, además de percibir qué significa ser el mayor.
- No los comparen, pues generará mucha inseguridad. Que sepa que lo quieren, y que sus errores que son ocasiones para aprender. Que se sienta especial por cómo es.
- Incentívenlo a expresar todas sus emociones, tanto las agradables como las desagradables; ayúdenlo a que las pueda poner en palabras, con frases como “sé que estás molesto, y podés decirlo; pero no por eso le tenés que pegar”.